jueves, 27 de mayo de 2010

SMS = S.O.S

Con esta movida de los mensajes de texto, la vida se volvió un peligro; nada comparado a lo que dicen los noticieros.
La cosa fue así. (Cualquier semejanza con la realidad no es pura coincidencia).
Ana tenía 27 años y vivía sola. Estaba viéndose con un pibe que se llamaba Juan. El clásico combo ideal -ingeniero y músico a la vez-. Una persona muy calculadora pero con esa beta de alma sensible propia del nuevo mundo arty. Era “el candidato” para muchas aunque viven en una búsqueda constante del “ser”. El tipo era un lunes; complicado; pero a Ana le divertía más esa onda que los tipos de domingos tranquilos, pantuflas y jogging.
Ya habían tenido tres o cuatro “encontronazos” cuando un viernes a las dos y media de la mañana, sentada en el sillón de su casa con una amiga, bajo efectos etílicos y otros estupefacientes, Ana decide mandarle un mensaje que decía así:
A: ¿Estás para una noche voladora?
Juan: Estoy comiendo un cachafaz.
A: (Anonadada y con dificultades para tipear) Sale una noche en el Faena, invita la mastercard de papá.
Juan: (sorprendido) ¿Te parece?
A: Si. ¿A vos?
Juan: Ok. Paso a buscarte en 40 minutos porque estoy en San Isidro.
A: OK. Te espero. Beso.
La amiga de Ana decide entonces encarar para su casa mientras que su amiga trataba de recomponer su cara y su presencia. A los cuarenta minutos suena el timbre, Ana atiende el portero y le dice: “ahí bajo a abrirte Juannnn” (como si él estuviera medio sordo, pero la medio sorda era ella). Baja por el ascensor y encara hacia la puerta de vidrio de la entrada principal. Al hacer los primeros pasos ve a una cara conocida atrás del vidrio y piensa “¿este chico será el que me tocó el timbre a mi o le habrá tocado a otra que está en la misma que yo? No puede ser, porque ese no es Juan”, pensó. De todas maneras reconocío la cara del extraño, le era familiar. Se acercó a la puerta y mientras le abría se dio cuenta que sí era Juan, pero un Juan amigo del marido de una amiga, que tenía el número de teléfono de Ana porque una vez la había querido invitar a comer y ella lo había registrado justamente para no atenderlo por segunda vez.
A: Hola. ¿Qué hacés? (pálida)
J: Hola, ¿cómo estás? Qué mensaje eeehhhh
A: Ah! jejeje, si… Perdoname… Qué horror… No se qué decirte pero…. Bueno… si querés… pasá… Pasá por acá.
J: ¿No me estabas esperando a mí, no?
A: Ehhmmn…. Na. Pero pasá, pasá.
Suben, se sientan en el sillón enfrente a la botella de vodka, el jugo de naranja y el porro que había quedado de antes.
Ana: ¿Querésss? Ofreciéndole un trago
Juan: No gracias.
Ana se prepara uno bastante fuerte para remar eso y contraer amnesia lo antes posible. A los quince minutos de charla basura se prende el porro.
A: ¿Querésssss?
J: No gracias.
A: Na, ta bien… Ehm y contame ¿qué hacías mientras comías el cachafaz?
(Inrremable).
J: Bueno sí, dame.
Le da dos pitadas heavies. A los veinte minutos Ana sufre un proceso de autodestrucción y le dice que se va a ir a dormir; lo hecha, y Juan antes de irse, pide permiso para pasar al baño a lavarse los dientes. Sí, rarísimo. Cuando se fue Ana reptó hasta su cama y, vestida y todo, se tapó con el acolchado hasta la cabeza.

A) Los mensajes de texto son para sobrios.
B) Y para la generación que le sigue a Ana.

A las dos de la tarde la llamó una amiga. Ella le contó lo de anoche y su amiga le dijo que el tipo venía de una rehabilitación. (Ahora sabemos por qué se lavó los dientes).

1 comentario:

  1. Los celulares tendrian que venir con un Alerta anti-borracho. Yo estoy contenta xq mi samsung no guarda los mensajes q envio... por lo menos zafo de tentarme de leer q joraca escribi la noche anterior y tener q pedir perdon al dia siguiente!!

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